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UN MUNDO DE ENSUEÑO

UN MUNDO DE ENSUEÑO

Después que la celestial monotonía del paisaje aéreo chocó de frente con la lisa e infinita llanura, que trazaba el comienzo de la isla más grande del mundo – Australia– el trece de mayo, a las nueve y treinta de la mañana, arribamos con Polo al aeropuerto de Sydney.

Como un espectador de lujo, acomodado sobre la butaca del avión junto a la ventanilla, presenciaba cómo el manto azul del océano Pacífico se transformaba en electrizantes líneas blancas que, lo largo de toda la costa, abrazaban la isla. Allí, superando esas franjas espumantes, estaba la tierra que albergaba todos mis sueños tempranos de aventurero.

Al descender del avión y pisar nuevamente tierra en ese lugar gustosamente desconocido, me convertí en un esclavo más de la libertad. En los primeros pasos sobre el suelo conquistado, sentí en el centro de mí estómago algo semejante a lo que un ex presidiario debe experimentar en el instante inmediato de abandonar la cárcel y encontrarse cara a cara, con la redención, luego de estar años encerrado.

En mi agenda personal, que en todos los viajes llevaba encima, había registrado la dirección de Peter, un surfista australiano que años atrás conocí en mi primer viaje a Chile. En aquel entonces, cuando por primera vez en mi vida surfeaba en las arrasadoras olas del oceáno Pacífico, Peter llegaba a Sudamérica con el propósito de conocer las olas más australes, económicas y longevas del planeta. Además de ser el surfista con más agallas que he conocido en mi vida, resultó ser un amigo del mundo, imposible evitarle una conversación y dejar de pasar con él horas de risas y disparates. Viajaba con Marco, su amigo entrañable; éste era otro australiano enorme, de casi dos metros de altura y gran corazón. En aquella aldea junto al mar, ambos eran los únicos que no hablaban español y también, los surfistas más radicales que cualquiera había visto en esas álgidas costas chilenas. Las circunstancias sólo me permitieron compartir un puñado de momentos inolvidables, ya que cuando ellos llegaban, yo partía para Argentina. Por el desgaste que la vida ocasiona en la memoria, el único recuerdo que tenía junto a ellos era el de una tarde muy fría a fines de marzo, luego de compartir una exquisita sesión de olas. Esa tarde otoñal, después de surfear, nos reunimos para festejar mi despedida y compartir anécdotas, en el modesto salón de té del cálido hotel en el que yo estaba alojado. En el escaso tiempo que nos relacionamos me di cuenta de lo que ya presentía: por más que vivan en geografías diferentes, en el fondo, las personas siempre tienen cosas en común. Durante las horas que pasamos juntos ellos me enseñaron el ABC del surf, y yo lo único que les pude enseñar fue que Sudamérica no era un solo país, que si cruzaban Chile se encontrarían con Argentina, y si cruzaban Argentina se encontrarían con Brasil; que la cultura de cada pueblo era bien diferente, aunque el espíritu sudamericano fuese el mismo en todo el continente. Peter entusiasmado por haber sumado el primer amigo latinoamericano y convencido de que alguna vez nos encontraríamos nuevamente, antes de partir me dijo: –Tienes que conocer Australia. Allí están las olas más increíbles del planeta. Cuando vayas te prometo que vamos a ir a la costa de Ulladulla. Después de visitar ese lugar te vas a convertir en otro surfista, te lo aseguro. Y no lo olvides nunca, mi casa es tu casa.

Su idea me pareció tan alucinante y disparatada como todas las historias que acompañaron aquel té otoñal . Australia quedaba muy lejos de donde yo vivía, y mas aún de mi billetera. Pero como su invitación sonó tan sincera y tentadora, después de esa tarde no pude quitarme jamás de la cabeza la idea de conocer “la tierra de los canguros”. Esto ya la convertía de por sí en un lugar especial; pero la calidad de sus olas, la volvía el lugar de mis sueños.

Pasaron más de tres años desde aquel fugaz encuentro, suficiente para que las cosas se olviden y la llama pasajera de la amistad se apague. Pero nada ni nadie pudo quebrantar mis deseos de visitar Australia, que se mantuvieron inalterables hasta desembarcar ese martes trece en Sydney.

La historia ahora la contaba al revés. Éramos dos ciudadanos del tercer mundo que llegábamos a Australia para inyectarnos en nuestras venas la pura esencia del surf, sin saber todo lo que nos iba a suceder, sin saber cuáles eran nuestros límites, sin saber que ese viaje nos cambiaría para toda la vida. Al revés de muchos, no nos habíamos ido de nuestro país para buscar algo de dinero, sino más bien una fortuna, que con la colección de aventuras y experiencias vividas se volvería incalculable. Para nosotros, invertir nuestros dólares buscando las olas soñadas era el mejor negocio; para otros, estábamos completamente locos. Podríamos haber reinvertido ese dinero o haberlo usado por ejemplo para comprar un auto cero kilómetro. Pero, ¿para qué? ¿No?

Antes de abandonar el aeropuerto, y sin tener en claro cómo empezar nuestro viaje por Australia, tomé mi agenda y busqué aquel número que Peter había dejado escrito en una de sus hojas, como evidencia de nuestra amistad.

Aunque era muy probable que él estuviera viajando por el mundo o no se acordara de mí, una llamada no costaba nada. Para mi sorpresa, contestaron. Del otro lado del tubo me atendió un hombre un tanto mayor, con una voz tranquila, afable y afectuosa. Sorprendido, más por mi fatal inglés que por la llamada en sí, advirtió que no dominaba su idioma y trató de hacer las cosas sencillas, para averiguar qué necesitaba. Hablar por teléfono es, de por sí, una tarea difícil para mí, ¿cuánto más no lo sería en un idioma que no es el mío y con un australiano que hablaba rápido y cortado? Finalmente comprendí que la persona que hablaba era el padre de Peter. Después de varias veces de pedirle por favor que me repitiera nuevamente lo que quería decirme, logré entender que Peter ya no vivía en Sydney, sino en el oeste de Australia con su novia y que estaban esperando un bebé. Quedé maravillado por la novedad. No sabía bien qué responderle, pero como no quería entrometerme en detalles que no me incumbían, le dije al amable señor:
– Recién llegué con mi amigo desde Argentina y sólo quería saber si Peter se encontraba para saludarlo. Es una lástima que no esté. Tal vez más adelante lo encuentre, porque estaremos un tiempo largo en el país. Si usted puede pasarme la nueva dirección de Peter le agradecería mucho. Él, sin esperar a que termine de hablar, me invitó cortésmente a permanecer unos minutos más en el aeropuerto, porque vendría a buscarnos.

Lo miré a Polo, que inquieto trataba de adivinar qué pasaba detrás del auricular, y entre palabras que se mezclaron con risas y emoción le conté exaltado que el padre de Peter venía a recorgernos al aeropuerto.

Permanecimos ansiosos, sentados en uno de los bancos afuera, rodeados de nuestros equipajes incluídas las tres tablas de surf, que cada uno cargaba junto con el karma de ser surfista. Al cabo de unos quince minutos una persona de cabellera blanca y fina, de apariencia atlética, vestido con un pantalón de gimnasia, remera blanca y con una sonrisa contagiosa, se acercó  a preguntarnos tímidamente si éramos argentinos. Cuando levanté la vista para contestarle que sí, su cara me pareció conocida. Hacía más de cinco años que no veía a Peter y esa persona me hacía acordar mucho a él. ¡Claro! Ese señor tan atento era  Keith, el padre de Peter.

Parecía que estábamos en un cuento maravilloso, donde pedíamos un deseo y al instante se nos cumplía. Después de presentarnos, incluyendo abrazos ligeros y comentarios sin mucho sentido, Keith, como enseguida tomamos la confianza en llamarlo, no quiso perder más tiempo en el aeropuerto por las sumas enormes que cobran de estacionamiento, y nos invitó a subir a su auto para ir hasta su casa. Mientras esquivaba coches por las avenidas como si se tratara de un jueguito electrónico, nuestros ojos registraban cada una de las detalles que por falta de experiencia nos parecían extraños: el volante a la izquierda, ir del otro lado de la carretera, los carteles y las señales en inglés,  el orden del paisaje, los aviones que despegaban encima nuestro y cada elemento que conformaba la naturaleza urbana de una metrópolis futurista como Sydney. Entretanto Keith no paraba de hablar; en menos de veinte cuadras nos contó sin pausa alguna, vida y obra de su hijo en los últimos meses: Cuándo había vuelto, cómo se encontró con Lisa, su novia, después de tantos años.  Por qué después de haber vuelto de un largo viaje estaba viviendo en al oeste de Australia, a miles de kilometros de su casa en Sydney, y otros datos que no venían al caso. Sin habernos dado tiempo a hablar o hacer alguna acotación, estacionó su auto en una pintoresca casa en el barrio de Botany Bay.

Al advertir que habíamos llegado, su esposa Frida, la madre de Peter, salió hasta la vereda a recibirnos enormemente emocionada. La imagen de ellos dos, abriéndonos la puerta de su casa, era la expresión más sincera de benevolencia que algún desconocido había tenido conmigo. Al instante de instalarnos comprendimos que habíamos ido a parar a la casa de dos ángeles.

Nos brindaron alojamiento en su hogar sin saber nada de nosotros, sólo

porque conocíamos a su hijo. Nos dieron una habitación a cada uno, nos preparaban la cena, el desayuno y cuanta bondad uno pudiera recibir.

Por momentos sentíamos vergüenza por todo lo que nos daban, pero después entendimos lo equivocados que estábamos, entendimos que el que sabe recibir también debe saber dar. Al pasar los días ya éramos como sus hijos postizos. A Keith le deleitaba sobremanera el helado, y en cada cena le llevábamos a montones para que se lo devorara sin pausa. Todas las noches Frida nos agasajaba con platos tradicionales de deliciosos sabores. Casi a la semana de vivir con ellos, y al tener la confianza que un hijo tiene con sus padres, en una de las cenas, para que experimenten el sabor de una de las comidas típicas argentinas, tuve la oportunidad de cocinarles milanesas napolitanas, una de mis escasas especialidades culinarias, que siempre me salían riquísimas y que lograron ser festejadas por Keith, quien hacía desaparecer todo lo que le presentaban en su plato en pocos minutos.

Antes de cada comida, sin compromiso, nos invitaban a rezar para agradecer a Dios el pan de cada día. A decir verdad no creo haber completado una sola oración, no porque me rehusara, sino porque no entendía lo que Keith con su pausada voz recitaba a todos los integrantes de la mesa;  pero igual no quedé mal, porque a mis muecas las tomó por plegarias.

La noche de las milanesas, Keith llamó al otro lado de Australia para darle la buena nueva a Peter. Pude contemplar en sus ojos la emoción al escuchar la voz de su hijo. Él también hacía mucho que no lo veía. Cuando me alcanzó el teléfono, luego de haber transcurrido cinco años, escuché nuevamente la divertida voz de Peter, intentando ahora demostrar sus habilidades lingüísticas adquiridas en su extenso viaje por América. Lo primero que me dijo fue: ¡Habla! Al escuchar sus palabras, el miedo de que no me reconozca se esfumó al instante. No podía creer que hubiésemos llegado a Australia, y con envidia, tampoco podía creer que estuviéramos en su casa, usando su cama, comiendo los exquisitos platos que su madre preparaba, sentándonos en su lado de la mesa.

–¡Mirá cabrón! Recuerdo que vos me prometiste que si viajaba a Australia tu casa iba a ser mi casa y no sólo eso, también que me ibas a llevar a surfear las olas de Ulladulla. Bueno, lo primero ya lo puse en práctica, lo segundo estoy esperando que me digas cómo lograrlo, –le respondí entre risas.

Él me devolvió una enorme carcajada y luego continuó:

–No sabés las ganas que tengo de estar allá con ustedes.

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