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EL MEJOR DÍA DEL VERANO 

EL MEJOR DÍA DEL VERANO 

–¡Largo todo, chau, me voy! –. Fue lo primero que se le cruzó por su mente en el dichoso instante en que la despidió en la puerta del hotel, en su último verano en Necochea.

Analizándolo hoy, desde un punto de vista crítico, fue puro impulso, como todos los grandes errores que cometen los seres humanos. El amor, el sexo, el deseo, hicieron de él una sustancia moldeable, transformándolo en una gota de aceite en un bol, de acá para allá, deslizándose sin un rumbo certero, para terminar cociéndose en su propio fuego.

En verano, como en esas típicas películas de Hollywood, suceden situaciones románticas que pueden cambiarle la vida a algunas personas; esta vez le tocó a él, sin dejar de lado a sus amigos y a su novia, o su ex novia, como pasó a llamarse luego de lo que hizo, porque cuando uno decide largar todo, el que cambia no es sólo uno, cambian todos, todos los que se mueven en el mismo círculo, porque a cada acción le corresponde una reacción.

–Me enamoré, me enamoré de su cara, de su perfume, del timbre sensual de su voz. Me enamoré de su vestido, de su cuerpo, de su silueta, de sus palabras, claro que sí, no la voy a ocultar. –,  se confesó.

–¿Para qué me quedé en el bar hasta tarde? No sé. Hablo demasiado, eso sí, ya lo sabés, no paro, no mido las consecuencias. Ahora estoy frito, si Romina se entera se muere. Cuando la vi y me devolvió la mirada con una sonrisa supe que tenía “onda” conmigo. Por más que no hubiera hecho nada sabía a dónde íbamos a llegar, como también sabía que si no quería buscarme problemas con Romina, le tendría que haber “cortado el rostro”, pero las ganas de quedarme, de ir más profundo, de mostrarme lo que soy capaz, de que si empiezo a hablar con una mujer termino besándola, me vencieron. Y bueno… caí en mi propia trampa. Pero igual estoy contento. ¿Qué querés que te diga? ¡Soy así! La vi, me gustó, y me fui con ella. ¿Quién me quita lo bailado? ¿No?

De todo esto que te cuento fue testigo el Pelado. Cuando salía del boliche de la mano de Natacha y me lo crucé le grité:¡Coroneeeé! El me vio, y con disimulada envidia se acercó a decirme al oído: – ¡Sos un descarado¡ ¡Vos estás loco¡ ¡Cuidate que no te vea nadie, porque en este pueblo la chusma está al acecho esperando que pase algo raro para tener algo en qué gastar el tiempo!

Ahora que ya estoy más relajado pienso en Romina, pobre. ¿Qué voy a hacer ahora? No sé. Estoy buscando la manera más política de decirle lo que me pasa, pero no creo que me entienda. Ella es tan dulce, tan frágil, tan buena; no merece que un tipo como yo le haga estas cosas. Pero bueno, ¡vos o cualquiera de los pibes hubieran hecho lo mismo! ¿O no?

Te soy sincero, esa mujer me deslumbró. Tan interesante, tan bella. Es una muñeca. ¡Me enamoré, te lo repito!

No fue un encuentro pasajero, un par de palabras y a los besos, no, para nada. Hablamos de todo un poco, porque hay que rellenar el silencio para poder “bancarse” cuatro horas con alguien a quien nunca hablaste. En fin, en el juego le conté que soy surfista, que mi vida está en la playa, que trabajo en publicidad, que vivo solo, bueno, con mi abuela, y que no estoy de novio, mentira que tuve que asimilar. El cuento de siempre, que en  mis planes está irme a Buenos Aires a buscar un lugar como creativo, ya que es lo que me gusta después del surf ¿no? Que lo considero una forma de vida. En fin, todo ese chamullo barato para que en una de esas se “enganche” y quede la puerta abierta.

Mirá, cuando sentí que me tiraba onda y que la conversación prosperaba, le dije que todo lo que iba a hacer esa noche, lo haría con un solo objetivo, darle un beso. ¿Y sabés qué hizo? Largó una carcajada y me contestó: – ¡Puede ser, pero no va a ser tan fácil como pensás, vas a tener que convencerme! ¿Después de eso, qué iba a hacer? ¿Me iba ir a dormir? No daba. Carpe Diem pensé, tenía la presa ahí, frente a mis ojos y no iba a dejarla escapar. Bajo ninguna circunstancia iba a permitir que la fracasada frase “hasta al mejor cazador se le escapa la liebre”, gobernara ese momento.

Pasamos las horas adornándonos con palabras y prometiéndonos cosas que ni pensábamos. Cuando escuchó que era surfista me contó que quería empezar a practicar, típico de las chicas que vienen con esa idea alternativa y se las quieren dar de raras ¿Viste? ¡Ma´si, yo le seguí la corriente! La verdad es que me animé a todo, incluso a sacarla del bar tomada de mi mano.

La botella de vino tinto que Sergio me había obsequiado para no apaciguar mi delirio nocturno, cuando me vio hablando con Natacha, ya estaba casi al borde del vacío, y lo tomé como una alarma que me indicaba que ya no había más excusas para nada. Tenía que improvisar una escapada, más aún cuando Sergio con gran disimulo, cómplice de mi estafa, se me acercó y me susurró al oído con la misma sonrisa del que viene a felicitarte por tus logros: –¡Estás hecho un dandy! ¡Te traería otro vino, pero mejor andate, porque cayó la policía!– Dos amigas de Romina habían entrado al bar, y la verdad es que no me daba la cara para jugármela de galán delante de esas minas. ¡Me escabullí como un ratón! ¡Pero me llevé a Natacha!

Casi amanecía cuando salimos del bar tomados de la mano, como si fuéramos novios, tímidamente, pero enardecidos. Ya en la calle, caminamos hasta la costanera, donde los rayos de sol iluminaban al nuevo día, y tambien, el rostro de Natacha, resaltando los delicados rasgos de su cara, que en la oscuridad del boliche era imposible de percibir. A esa hora de la mañana los reflejos del sol me ayudaron a darme cuenta de que la mujer que tenía pegada a mi mano poseía una belleza impensada. El mismo sol me mostraba por qué en las horas venideras iba a largar todo.

A pesar de haber mantenido un ininterrumpido diálogo, no podía sostener mi ansiedad, pasaban las cuadras y tenía bien claro que si no lograba mi objetivo, ella entraría al hotel y el encanto se terminaría. Tenía que facturar un beso como fuera. No encontré mejor opción que acompañarla hasta su destino como si fuera un caballero, y en la puerta del hotel, cuando le acerqué mi mejilla para que me diera el beso de despedida, saqué mi timidez de encima, y gire espontánemente el rostro y el beso que ella dirigía a mi cachete, terminó de imprimirse en mis labios. Me miró sorprendida, diciendo ¡Epa! ¡Te pasate de la raya! Aunque su mirada no correspondió con sus palabras.Después de clavarme una mirada amenazadora, sonrió y me besó por su cuenta.

–¡No era lo que esperaba, pero me encantó, ahora dame otro beso porque así nomás no te vas¡ –me dijo antes de despedirse. La abracé y nos besamos descaradamente en el hall del hotel.

En ese instante apareció el conserje, que resultó ser un pibe conocido, ¡Marianito! ¿Te acordás del loco ese que andaba siempre con una pelota de basquet? Bueno, ése mismo. Y con una mirada suspicaz me guiñó el ojo como insinuando: –¡Qué buena mina te enganchaste!

–¡Chau! Mañana, bue… dentro de unas horas nos vemos en la playa – le dije encantado, sin ganas de despedirla. Haberle dicho te amo, me hubiera desenmascarado al instante, o tal vez la hubiese asustado. Contuve el volcán de sentimientos que estaba en erupción dentro de mí y quedé en pasar esa misma tarde a tomar unos mates en el balneario donde ella alquilaba una carpa. Una mentira piadosa, que tuve que improvisar al instante, vos sabés que no me gusta el mate.

Esperé a que se perdiera en el pasillo del hotel y me escapé caminando a casa, disfrutando ese ínfimo instante en que el antes pasa a ser el después.

¿Qué sería de mí? No lo sabía. Para ese entonces Romina debería estar durmiendo, o despertándose. ¿Pensando en mí? Sólo ella podría saberlo. Yo sí pensaba en ella, pero seguro que en forma distinta.

Fueron esas, exactamente, las palabras que empleó para resumirle a Esteban lo que sucedió la noche en que conoció a Natacha, la mujer que le detuvo la vida.

Después de haber transcurrido un año desde aquel desalentador episodio con Romina, él presentía que algún día se iba a enfrentar con esa situación, o quizá, sin manifestarlo, estaba buscando nuevas sensaciones en su vida, que lo reconforten, que le devuelvan ese espíritu de explorador que en otros momentos lo guiaba en su camino. Más allá de haber quedado maravillado con Natacha, le corría en su interior la sangre de venganza, reacción refleja del ser humano, tal vez. Los iguales se curan con iguales. Solo él sabía que la herida que Romina le había provocado tiempo atrás, aún no había cerrado por completo, o quizá no cerraría jamás, porque esas cosas necesitan tiempo, mucho tiempo, y por lo visto él se cansó de esperar.

No era de contar o compartir esas cosas con sus amigos, nunca le gustó hacer “vox populi” de sus propias desgracias, pensaba que la gente que caía en esa innoble tentación sólo tenía la intención de dar lástima, y para él eso era una bajeza.

Mas allá de todos sus conflictos, para sus amigos Romina era el monumento a la dulzura y a la inocencia, pero los monumentos están para eso, para que la gente le rinda homenaje a algo que ya no existe. Todavía tenía atragantado ese ingrato recuerdo de aquel día, cuando tuvo la desafortunada idea de obsequiarle a Romina la entrada y el pasaje incluído, para que fuera a Mar del plata con sus amigas a ver a Charly García. La consideraba una fanática empedernida y le producía una gran aflicción que no pudiera cumplir el sueño de presenciar una de sus presentaciones en vivo, ya que una chica a los dieciocho años, muy pocas veces trabaja para conseguir dinero por su cuenta.

El día después del recital imaginó que ella llegaría directo de la terminal a su casa y le tiraría encima todos esos besos atrasados que él estaba esperando; pero no, sucedió todo lo contrario. Pasó la tarde, llegó la noche y ella no daba señales de vida. A eso de las diez, desconcertado, y luego de cancelar una salida con sus amigos, se encerró en su cuarto a presenciar impotente, cómo el inefable desfile de las horas avanzaba frente a sus ojos. El vacío en su estómago le duró hasta la una de la mañana, cuando el súbito y estridente sonido del timbre espantó los fantasma que merodeaban su mente. Para ese entonces su abuela dormía, y era prácticamente imposible que lo escuchara. Salió del cuarto con disimulo, aunque nadie lo estaba observando y, nervioso, con una pila de reproches encima, abrió la puerta. Sabía que era ella. La vio tiesa y la saludó sin ganas, con un beso seco. Al encontrarse con su mirada descubrió cómo era el final de la película que había escrito en su cabeza. Sin darle tiempo a que ella diga lo mínimo, le preguntó: 

–¿Qué pasó?

Ella, temblando como si realmente hubiera cometido un crimen, largó el “rollo” sin medir las consecuencias. Mientras tanto, él la observaba y no sabía si seguir escuchándola o echarla a patadas. 

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